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Amado Espíritu Santo, tu no eres el viento, ni tampoco un susurro distante, eres Alguien, el ser más impresionante del universo.
Estuviste allí, en el principio, cuando el mundo nació, y bajo tu luz eterna, la creación se despertó, eres el Dios mismo, fuente de vida y poder.
Eres mi abogado defensor, fiel y consolador, en ti encuentro refugio, como un gran escudo sobre mí. Intercedes en mis debilidades, me sumerges en tu gloria, me envuelves en tu paz, y eres el óleo sagrado que mi alma necesita.
Me guías hacia la verdad en todas mis realidades, además, me enseñas todas las cosas, llenando mi corazón, en donde en cada latido, le hablas a mi espíritu, recordándome tu palabra en comunión.
Eres el fuego divino que purifica mi ser, me das poder, amor y dominio para vencer, por esto en tu abrazo encuentro descanso, mansedumbre y paz.
Espíritu de Dios, eres el que convence al mundo de pecado, justicia y juicio, en amor profundo, con tu sabiduría, me llevas de la mano, y en ti encuentro vida, como un bálsamo que sana mis heridas.
Por esto ahora, no hay confusión ni sombra en mi sendero, pues eres la luz de Jesús iluminando y transformando mi camino y el de otros a los que quieres que yo les dé testimonio.
Mi alma te busca y yo te anhelo cada día, entonces Espíritu Santo, no permitas que me suelte de tu mano, porque con tu presencia, me llevas más allá de lo terrenal.
En ti habito y contigo viviré la promesa celestial.
¡Gracias, amado Señor!
Amén.